Las palabras llegaron, como si tal cosa, cuando dejó de buscarlas. Le bastó una mirada, un pequeño rayo de cordura, un recuerdo perdido en su mente que se plasmó en su boca en el momento preciso.
- ¿Por qué discutimos?
Supongo que todos nos hemos hecho esa pregunta alguna vez. Lo difícil es hacérsela en el momento justo, y más aún, saber encontrar las palabras correctas para poner freno a esa situación que nadie entiende.
Aquella frase apareció en medio de miles de excusas y reproches, de palabras sin sentido y pequeños dardos cargados de una ira que ninguno de los dos quería provocar, pero que sin embargo hacía ya tiempo que flotaba en el ambiente.
Llevaba un rato buscando las palabras que hicieran que acabara aquello, preguntándose sin éxito cómo podían llegar aún a tiempo al cine, secar sus lágrimas de impotencia y olvidar aquella discusión sin sentido que les llevaba sin rumbo hacia uno de esos silencios que siempre se le hacían interminables.
En ese instante le miró y recordó la primera vez que montaron juntos en aquel coche. Le vinieron a la mente los primeros viajes, sus primeros besos y las primeras caricias cargadas de nervios e incertidumbre. Pensó en esa misma mañana, en lo que le gustaba despertarse y encontrarle a su lado, quedarse enredada entre las sábanas y sus brazos y escucharle respirar cuando aún tiene esa carita que se le pone cuando duerme.
Y entonces pensó que no sabía porqué se había enfadado tanto con él. Intentó recordar el origen de la discusión pero todo le parecían motivos vacíos y sin sentido, sentimientos que eran el resultado de miles de circunstancias que no tenían nada que ver con ninguno de los dos.
Una pregunta, una sonrisa y un abrazo acabaron con la discusión, y el origen y el motivo de esta historia tiene nombre de canción.
Pongamos que vuelvo atrás en el tiempo,
pongamos que estoy ausente en aquel coche,
mirando por la ventana.
Recuerda que entonces
dijiste “¿que pasa?"
"si vamos a estar asi, casi mejor cojo y te llevo a casa”
¡Que no!
Cambiamos la historia,
pongamos que entonces
ya sabía lo que ahora ya se con certeza,
que con mi canción hago lo que apetezca.
Sigamos entonces,
giro la cabeza
te digo que no pasa nada,
que en vez de ir al cine, prefiero ir a tu casa.
Y allá donde elijas,
quizá en la cocina,
mientras tú te haces un cafe,
yo te cojo del brazo, te miro, te abrazo y te digo:
“cariño, no quiero que acabe este cuento,
no quiero acabar escribiendo canciones teniendo que cambiar la historia”